Feels

Velitas de pastel

Sigo sin saber para qué llegaste, pero por la inspiración
¡gracias!

¿Qué pasaría si todo fuera tan sencillo como el simple hecho de dejar que mis manos fueran una extensión directa de mi cerebro, que sólo se dedicaran a escribir todo aquello que se me viene a la mente al escuchar la música que suena desde iTunes? De no pensar en si tiene coherencia o no, si la sintaxis es correcta o no, si me estoy comiendo comas, acentos o puntos. Dejarme escribir que te extraño aunque me prometí no decirlo “al ahí se va”. Y no es que te extrañe del verbo “extraño tu presencia”, pero sí del verbo “extraño saberte aquí”, porque tu presencia ha sido casi nula.

Tener que resignarse con las migajas pareciera ser el lifestyle que he decidido tomar y en todo aspecto. Ayer mientras le contaba a mi psicóloga cómo he estado, por el chat de Facebook, me di cuenta que estoy cómodamente sentada en una zona de confort, que eso me causa un sentimiento terrible, que no quiero estar así -por lo menos en las cosas que yo puedo controlar- y me di cuenta de cosas sobre ti que de alguna manera ya las sabía, pero que a veces te las tienes que decir en voz alta para que el cerebro las procese bien.

Tú,  por ejemplo, no deberías estar aquí, pero estás. Y eres el toque que llegó para cambiarlo todo. Para transformar lo que pienso de esto, de ti y hasta todo lo que pienso de mi. Es justo eso lo que más me gusta de tu llegada, revolucionaste lo que pienso de mi, de mis alcances y del poder del tiempo. Cambió lo que pienso de Dios, del destino y de las casualidades inexistentes que tanto me gusta descubrir. Estás aquí y no tengo puta idea para qué y a mi gusto, tu estancia ya se alargó buen tiempo. Pensé que serías la cosa más volátil que me sucedería, que te irías más pronto que una estrella fugaz o una luna roja. Me imaginé que te irías y posiblemente no volverías jamás, pero vienes y vas, haces y deshaces, construyes y tiras, das y quitas, o sea mueves el tapete y no lo vuelves a acomodar, pues. Así no puedo… o posiblemente sí, pero hay días llenos de ansiedad y me mata sentirme de esa manera, porque lo único que logro son pequeñas sobredosis de ti. Con los elementos que tengo a la mano, me intoxico hasta el límite de tu esencia, de tu sonrisa, de tu amor a lo que haces, de los recuerdos. Te busco entre las palabras de la gente, la música, el ruido en la calle, las pinturas del cielo… y no, lo peor no es buscarte. Lo peor es que siempre te termino encontrando.

¿Hasta cuándo? Si tan solo pudiera responderme eso… Hubo días en los que abracé a mi presente como nunca antes lo había hecho. Era tan feliz con lo que recibía que sólo importaba el hoy. Caminas y todo lo que avanza contigo es tan “perfecto”, tan coordinado, que no quieres saber cuánto más se quedará basta con sonreírle y agradecer por estar. La angustia viene cuando todo eso de repente se estanca, se queda, no avanza más a tu paso y no sabes si te alcanzará más tarde, si ya se quedará ahí atrás y no pudiste despedirte o si tienes que caminar más aprisa porque te está esperando otra cosa en la que te volverás a sentir “completa”. ¿No podemos simplemente quedarnos con lo que nos hace feliz y obligar a la vida a que nos deje ahí hasta que nos hayamos empachado de felicidad? ¿Por qué pareciera que las cosas fugaces son las que más felices nos hacen? O por lo menos, a mí…

Tengo adicción a las cosas que no durarán, a las personas que no se quedarán y a los momentos que desaparecerán tan rápido como velitas de pastel. Sí, seguro es eso…