Feels

¿Hasta cuándo?

“Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento.  Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinados a no ser”. “Estamos destinados a no ser” esa frase de Julio Cortázar ha hecho mucho ruido en mi mente por poco más de un par de años y no se trata de él, ni del otro, ni tampoco de él que también me rompió el corazón. Se trata de mí y mi afición por lo imposible, por lo dañino, por lo inalcanzable.

Y es que en la búsqueda del pretexto de oro, yo podría excusarme diciendo que soy una mujer de retos, que me gusta lo complicado por la satisfacción del logro y por eso me clavo con este tipo de historias. Analizando fríamente la situación, cuando se trata de meter el corazón, la teoría se vuelve inválida porque las personas no son retos o metas por cumplir que involucren un trofeo. Incluso llegué a la conclusión que a mí no me gustaría que me vieran así, como medalla.

Sin embargo, está el otro lado de la moneda: el real y me ha pasado que cuando conozco a alguien que con palabras y acciones me va demostrando que “estamos destinados a no ser” me he anclado, enganchado, encaprichado y al final, me he enamorado de la imposibilidad.

Me he amarrado a las mínimas señales de un avance o un paso más y son las que van alimentando las esperanzas que yo misma me he inventado. Sé perfecto que no soy el único ser humano con este tipo de psicosis porque en conversaciones ajenas, historias de personas conocidas o en cafecitos con mis adorables amigas solteras, me he dado cuenta que a veces pareciera ser tanta nuestra necesidad de encontrar a ese alguien especial, que maximizamos las acciones, malinterpretamos las intenciones y distorsionamos el proceso. Así de grave.

Quisiéramos moldear el suceso a nuestro final feliz ideal, a nuestras ganas de que la magia suceda y como lo dijo una de ellas “idealizamos tanto la situación que nos mentimos hasta hacernos creer que era justo eso, lo que estábamos buscando”, cuando si tuviéramos el superpoder de salir de nuestros propios cuerpos y ver la relación desde lejos, nos daríamos cuenta que no se acerca ni poquito a lo que nos gustaría tener.

Nos ciegan las ganas de estar, de tener, de ser. Y es válido, pero no está bien. Disfrutar la soledad e iniciar ese trillado pero efectivo proceso del autoconocimiento nos va ayudando a saber que cuando “estamos destinados a no ser”, la vida en realidad nos está haciendo un favor. No nos está arrancando, sino cuidando de un precipicio en potencia, de heridas posiblemente muy profundas que para echarle más drama, serían causadas por nosotros mismos.

En un mundo ideal, todos entenderíamos esto de inmediato y con discernimiento aprenderíamos a detectar las personas que no se quieren quedar y las dejaríamos ir como agua, teniendo así una salud mental de primer nivel. Tendríamos nuestras energías completamente enfocadas en lo que deben ser y andaríamos por el mundo más brillantes que Edward Cullen en el sol.

¿De dónde viene esta necesidad continua de mendigar el amor que creemos merecer a personas que no lo quieren dar, porque realmente no lo tienen? ¿Por qué nos negamos a aceptar que la felicidad no está en esa persona que nos gusta, pero no nos hace caso? ¿Cómo es posible que no nos demos cuenta que valemos más que un millón de palomitas azules de cierta aplicación de mensajería virtual?

Respóndete con sinceridad, ¿hasta cuándo estarás dispuesto a darte el amor, el valor y la confianza de ser tú, sin tener que vivir para buscar la aprobación o peor aún, la simple atención del humano en cuestión? ¿Hasta cuándo nos convenceremos que estar destinados a no ser, va a pasar más de una vez?

Y se vale.

Y está bien.