Feels, Storytime

Gigante rompe olas

Amo la playa y me encanta meterme al mar. Allá en el fondo donde las olas aún no revientan. Me gusta acostarme de muertito y que las olas me muevan. Me relaja muchísimo y me hace muy feliz.

Me acuerdo una vez en Mazatlán, era un viaje de mamá, papá y hermanos, pero también venía uno de mis primos -de esos que amas como hermano-, le pedí que me acompañara y en el vaivén empezamos a hablar de la vida. La marea empezó a subir y las olas se ponían cada vez más agresivas por lo que decidimos salirnos. “Esta ola y ya” le dije y entonces, al medir mal -muy mal- decidí brincarla, en vez de tomar la enorme ola por abajo.

Me reventó en la cara y con una fuerza impresionante me aventó hasta el suelo, di como 5 vueltas y en un momento pude sentir cómo mis talones tocaron mis hombros y me tronaba toda la espalda al mismo tiempo. ¡Mueve las piernas, mueve las piernas! Me acuerdo que fue lo que pensé, mientras el mar me seguía revolviendo y yo me moría de miedo de haber quedado parapléjica. El mar me escupió hasta la orilla, topless y con algas decorando mi cabello, pero yo en cierta forma, me sentí feliz de poder respirar y aún poder estar parada sintiendo mis piernas.

Algo así tuve la oportunidad de vivir hace algunos días, pero con respecto a mis emociones y sin la parte de salir topless. Mi mejor amiga me hizo una invitación a vivir algo que se veía grande y decidí brincar. Les estoy hablando de un entrenamiento emocional llamado Ingeniería de lo Imposible y déjenme decirles que me reventó en la cara y me aventó hasta el suelo.

Es increíble lo que pasa cuando abres tu alma y tu corazón, cuando te encaran con tu realidad y todo lo que ella representa. Tus logros, tus fallas, tus miedos, tus errores, tus dolores, tus amores y tus más grandes desilusiones. El efecto que ese torbellino representa para las emociones es demoledor, es como tomar la ola por arriba. Es estar revolcado por el mar durante varios días. Pero al final, como en Mazatlán, sales con una sensación padrísima.

Terminas agradeciendo de estar completo, de estar vivo y con todas las ganas de seguir afrontando más olas. Es una analogía que realmente se queda corta para todo lo que conlleva y para quien haya vivido algo traumático con el mar, posiblemente no le parezca tan cool. Sin embargo, enfrentarte con todo lo que eres, a veces tampoco lo es.

Le huimos a lo que somos y a lo que sentimos. Nos escondemos para no aceptar el daño que nos hemos hecho y también a los demás. Nos justificamos en pretextos chafísimas para no lograr lo que siempre hemos querido lograr, o peor aún para no decir lo que pensamos.

Nos da miedo enfrentarnos con lo que realmente somos porque nos hemos contado por tantos años la misma historia, que puede ser terrorífico conocer la realidad. Nos manejamos con una bandera de “así soy, ya no puedo cambiar” en nuestro más cómodo conformismo. Y, ¿sabes qué? Sí se puede y sí duele, también puede ser muy fuerte, pero aprendí que no hay nada más rico que ser tú mismo, que conocer lo que te gusta y lo que no, que reconocer los límites que te has marcado y romperlos cada vez que te dé la gana.

No hay nada más poderoso para un humano que saber y conocer de lo que es capaz y que cuando no lo sepa, tenga la capacidad de ir a descubrirlo. No hay nada más delicioso que saber perdonar y soltar todo aquello que no tenemos porque cargar. No hay nada que nos haga sentir más vivos que sabernos seres capacitados para reinventarnos. No hay nada que te haga sentir más pleno, que saber que lo que haces y dices puede inspirar, tocar o mover a las personas que te rodean en un sentido completamente positivo.

Porque algo que se me quedó fue que solo trascenderemos como mejores humanos cuando ayudemos e influyamos de alguna forma a los demás. Es por eso que siempre hay que pensar en ser nuestra mejor versión, en trabajar para no caer en la incoherencia entre el hacer y el decir, pero sobre todo, cuidar lo que generamos en nuestra mente, ya que esto es más fuerte de lo que podemos imaginar.

Y no es que mi verdad sea absoluta, apenas tengo 24 años y me faltan un chorro de demonios por enfrentar, pero hoy me siento diferente, me siento decidida a hacer lo mejor para mí porque no merezco nada menor a eso. Y en este prematuro -o tal vez no- punto de mi vida, decido aceptar como filosofía de vida la siguiente frase: “En lo que piensas te conviertes, lo que sientes lo atraes y lo que imaginas creas”.

Hoy asumo la responsabilidad de ser la única creadora de lo que me sucede, lo bueno, lo malo y lo mediocre. Hoy decreto que las cosas imposibles, no existen. Y lo sé porque lo he vivido en carne propia.

Si quieres lograr algo, basta que lo quieras con todas tus fuerzas y te enfoques en lograrlo, la vida se encargará de irte poniendo los medios y las herramientas. Tú confía.

No sé, estoy muy llena de energía de la padre, con las ganas de comerme al mundo como un chavito de 15 años, pero con la visión de una mujer de 24, casi 25 (já).

Hoy me siento como un gigante (y no por mis 175 centímetros de altura), que es capaz de enfrentar todas las olas que se le pongan enfrente y salir victoriosa porque sé que soy capaz de lograr todo aquello que se proponga y un poquito más. ¿Y sabes qué es lo mejor?, que tú que me lees hoy, también lo eres, solo hace falta que lo quieras ver.