Feels, Storytime

El efecto Walt Disney

¿Cuántas veces has culpado a las películas de Disney por tus fracasos amorosos? Yo levanto mi mano con entusiasmo y tengo que confesar que por muchos años creí en el príncipe azul. Pertenezco a ese sector de la infancia mundial que creció soñando con ser princesa de vestido ampón y en el baile real, ser la más hermosa de todos los invitados para llamar la atención del príncipe.

Nadie me desengañó. Es más, nunca vi Pocahontas. Claudia creció y lo hizo con esa idea de la infancia bien arraigada en el comportamiento. En la edad de la punzada, “los príncipes” iban llegando y se representaban en formas de personas inalcanzables –aquí es donde les cuento que estuve en una secundaria con puras mujeres y pues nuestros “galanes” eran los que salían en la tele. Sí. Qué oso.- Pero al final de cuentas el patrón continuaba y la idealización de lo que me inventé como amor continuaba y como el dólar, cada vez subía más.

Para cuando los primeros novios -reales- comenzaron a llegar, el cuento se iba desbaratando poco a poco, porque la realidad se te estrella en la cara y te das cuenta que no todo es miel sobre hojuelas y que para tener un final feliz está en chino, pero la verdad, ¡qué bueno!

Toparte con la leyenda urbana de los sapos que se creen príncipes una y otra vez, es el verdadero enfrentamiento con la realidad y seguro vas a llorar lo que tengas que llorar + (probablemente) un poquito más, te va a doler y al paso del tiempo, también podrá suceder lo inevitable: dejar de creer.

Después la mezcla de la decepción, la desilusión y los comentarios negativos de todas las personas que viven lo mismo que tú, terminan dándole un giro a tus ideas y un coraje inexplicable brinca de tu ser hacia (en mi caso) el pobre Walt Disney que se empeñó en crear finales felices que comenzaban en un beso.

Un día, en un larga charla con la Claudia de 6 años amante de las princesas, decidimos firmar un pacto para no volver a perder esa fe. Y es que no se puede ir por la vida satanizando a todo un género por haber tenido una, dos, tres, diez, experiencias malas. Probablemente… (muy probablemente, casi estoy segura) la culpa no ha sido de ellos del todo. Sé que yo también cargo con gran parte de porcentaje. Porque estoy convencida que como yo, te ha tocado conocer a esas personas que son tipazos intachables que te hacen saber que los humanos de buenos sentimientos, a.k.a. Príncipes Azules, aún existen. Pero, ¿por qué no llegan a ti?

Estimado lector, te tengo una noticia: ¡algo hemos estado haciendo mal! Aún no descubro en mí qué es -o no es momento de confesarles tanta cosa-, pero el caso es que si ya detectamos un patrón, algo debe cambiar en nuestras acciones, palabras, ideas, comportamientos o lo que sea. Debe existir un cambio para entonces, ahora sí, atraer al príncipe que tanto hemos soñado, porque ya vimos que sí existe

¿Si alguien más ya lo tiene? ¿Por qué tú no habrías de tener el propio?

Creo que queda evidenciado que soy una romántica empedernida y la verdad, me gusta (gracias, Walt Disney). Esa es mi naturaleza y no la voy a aplacar por un pasado turbulento que aparte, me ha servido porque me ha dado mucho para escribir (já).

“Si crees que grandes cosas pueden pasarte, grandes cosas van a pasarte”.

Te comparto este mantra que he hecho muy mío en los últimos meses. Léelo, digiérelo, entiéndelo y aplícalo para todas las áreas de tu vida. Ya verás que cuando te lo creas, la magia comenzará a suceder…