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El amor en tiempos de “díganle que no estoy”

Facebook y sus actualizaciones. Facebook y sus novedades. Facebook y sus noticias. Facebook y las fotos que se suben. Ese invento de Mark Zuckerberg tan adictivo, tan nocivo y ahora, tan vital. El causante de tantas decepciones y de tantas alegrías al mismo tiempo. El medio de reencuentro con personas que no imaginabas que volver a contactar y el motivo de tantas separaciones. Instagram y sus follows, likes y comentarios. Twitter y sus Likes y RTs. Todo se ha vuelto un complot no ideal para todos aquellos que gustamos de buscar para encontrar (suena más polite que stalkear).

No hagan preguntas, ni mucho menos saquen cuentas, pero yo no he sufrido eso de tener novio e Instagram al mismo tiempo, por lo tanto no he sufrido del like a las “pompis” ajenas. Sin embargo, son incontables las veces que he sabido de amigas, primas, primas de mis amigas o amigas de mis primas que hacen más dramas por el desempeño de su pareja en las redes sociales que por lo que hace o deja de hacer en tiempo real.

También he visto historias de ligue por follows y likes. Bueno, quién diría que unos inocentes DMs en Twitter terminarían en unos besotes (me han contado). Sí, definitivamente son increíbles los alcances y la manera de “acortar distancias” que podemos lograr con todos estos inventos del hombre a través del ciberespacio, pero en el momento en que se pierde “el cauce normal” de las situaciones. Ya no está padre #siento.

Voy a ponerme en un mood “abuelezco”, pero me llama mucho la atención que mi mamá a veces nos cuenta cuando tenía galanes que ella ya no quería ver, simplemente no contestaba el teléfono o si iban a su casa, todo se solucionaba con un simple “díganle que no estoy”. ¡Claro! ¿Y cómo le probaban lo contrario? ¡No había manera! Porque mientras ella no saliera de su casa no existía posibilidad de que el hombre se diera cuenta del desaire. Y ahora, somos nuestro propio FBI.

Bienvenido el siglo XXI con su respectiva manera de solucionarnos la vida y la comunicación a través de ese invento de mensajería instantánea que funciona con el simple hecho de tener internet. Esa aplicación tan aplaudida en sus inicios y ahora, que también ya es vital, la vemos hasta con rencor.

En estos días, no hay manera de aplicar el “díganle que no estoy”, porque se había convertido en un “no te leí, no vi el mensaje, no me llegó” y en su evolución ya no hay manera de evitar volverse un poco loco y hasta sentirse “ofendido” por el hecho de quedar en visto. Y yo amigos míos, he probado las mieles amarguísimas de la ignoración máxima que no, no son las palomitas azules. Son los mensajes borrados sin haber sido abiertos o leídos. De que, ¿así o más claro que no quiero hablar contigo?

Desde mi punto de vista, WhatsApp se ha convertido de ser una aplicación de mensajería a ser un método infalible de priorización. Es decir, quien te importa tendrá tu respuesta, quien no, pos no. Se escucha tan simple y la verdad, lo es. Pero la susceptibilidad del ser humano es muy variante y somos muchos a los que los follows, likes, favs y dejadas en visto nos pegan directo al ego y a la dignidad.

¿No les da nostalgia de repente pensar que el interés, las ganas, los esfuerzos, las formas y las vías que refuerzan las relaciones interpersonales, a veces y sólo a veces, serían mucho más fructíferas y respetables “a la antigua”? No sé, sólo estoy divagando mientras busco la salud mental que mi adicción a las redes sociales me han hecho perder… “